La apoteosis que ha significado la victoria de la selección española de fútbol en el Mundial de Sudáfrica, comparable con el clímax al que llegó el aficionado culé el año pasado (este año, menos), me hace preguntarme qué le debe de pasar a nuestra sociedad, que el fútbol tiene tanta importancia.
Entre los aficionados “talibanes” a este deporte se encuentran personajes ilustres de la cultura, las artes, la economía, la política... que cuando ven que rueda la pelota pierden el norte.
¿Cuáles son las bases sociológicas del modelo actual? La sociedad ha evolucionado terriblemente los últimos años. Del culto al espíritu al culto al cuerpo. Del bien colectivo al bien individual. De los grandes movimientos del pensamiento a los grandes estadios de fútbol.
Y es que los nuevos pilares son ahora el éxito, la seguridad y la salud.
El éxito viene representado por dos líneas: el dinero (yo soy mejor si más tengo en proporción con los que me comparo, que son mi círculo social corto) y la aspiración (pertenezco a un grupo de éxito que se llama “la Roja”, el Barça o, en menos casos, Fernando Alonso). Así, yo soy aquello que los demás han hecho de mí. Yo sólo soy si me comparo.
La seguridad es la obsesión del siglo XXI. Hemos evolucionado hacia un estado donde todo está controlado y donde nadie se queja por ello. Ni Franco lo hubieses soñado: tienen cámaras por la calle, te hacen pasar por arcos en los aeropuertos y te escanean la maleta, informatizan todos tus movimientos (las compras, los desplazamientos, el dinero que cobras...). Y la sociedad pide más y más. Dicen que la felicidad es la ausencia de miedo, pero también dicen que no hay nada que genere más miedo que la psicosis de la seguridad.
Generamos más y más leyes, y lo que no es obligatorio está prohibido. Todo tiene que estar vigilado para que la gente cumpla las normas. Y la gente dice: “esto tendría que estar prohibido” o “me parece bien que pongan multa a la gente que tira una colilla al suelo” o “ya está bien del burca en los espacios públicos”...
La gente necesita que el Gran Hermano la vigile, que la riña si se porta mal y que la conduzca por el recto camino, temerosa de las leyes y con la amenaza permanente de ser víctima de un atentado, de un robo con intimidación o de una violencia de género.
El tercer pilar es la salud. Eso sí que es importante, dicen. Y la salud la tiene que proveer el Estado, no podía ser de otra manera. Lo tiene que hacer diciendo a la gente que haga deporte, lo tiene que hacer prohibiendo el consumo de tabaco en los espacios públicos, lo tiene que hacer construyendo hospitales, centros de atención primaria... Lo tiene que hacer facilitando medicamentos low cost (los genéricos), para que la gente se pueda seguir dopando. Lo tiene que hacer montando mil líneas de atención telefónica para mujeres maltratadas, drogadictos, alcohólicos, prostitutas...
Y la gente cuida más la caja que el contenido. Ya no hay personas “normales”. O son auténticas figuras de revista o son obesos mórbidos.
También hay combinaciones de pilares, por ejemplo, aquella combinación que nace con la denuncia al policía de la estación porque alguien está fumando, y convierte al denunciante en fumador pasivo con un riesgo elevadísimo de muerte en el acto si aspira un poco de benceno.
Y es que, a lo mejor, estamos un poco cargados de manías, ¿no?

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