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Este artículo ha sido publicado originariamente en la web de Expansión y Empleo. Puede consultar el artículo original.

Fernando llegó tarde a casa. Eran más de las diez cuando abrió la puerta de su ático en la zona alta de Barcelona. Su mujer le estaba esperando en el salón. Sus hijos se habían caído de sueño y dormían plácidamente en sus habitaciones. Adela esta vez ni frunció el ceño. Era la enésima vez que su marido le había dicho que llegaría pronto a casa y la enésima también que no había cumplido su promesa.

Fernando era un alto directivo de una multinacional. Sobradamente preparado y muy ambicioso, había perseguido su sueño de llegar a lo más alto por todos los rincones del planeta donde su empresa tenía subsidiarias.

En estos momentos, Fernando se enfrentaba a un nuevo reto: reorganizar el sistema de información de la compañía. Donde otros habían fracasado, él tendría éxito.

Era un hombre hábil en la gestión de conflictos y sabía que debía romper el hielo con Adela para controlar desde el inicio la situación, así que se sentó en el sofá con cara de preocupación y le dijo a su mujer –¡Vaya día el de hoy! El cambio del sistema informático de la empresa da más problemas de los previstos. Hemos dedicado horas y horas a ello, y parece que vemos la luz al final del túnel… Cuando superemos esto, gobernar la fábrica será coser y cantar–.

Esta vez, no usó la expresión “estoy en un in pass”. Quizás porque ya la usó en el cambio de emplazamiento de la fábrica, un año atrás, o cuando cambiaron el sistema de incentivos, hace dos, o más recientemente, cuando se fue su segundo de a bordo y tuvieron que incorporar, no sin dificultades, un profesional de la competencia.

Fernando ha tenido mala suerte: toda su vida ha estado en un in pass. Esperando el siguiente acontecimiento “salvador” que estabilizara su jornada laboral y su vida sentimental.

Adela levanta la mirada hacia ese desconocido con el que se ha pasado los últimos veinte años: el in pass de él ha sido el stand by de ella.

Ahora vienen las vacaciones y, probablemente, Fernando deberá trabajar unos días que no habían previsto. Parece ser que el contrato con la compañía americana debe estar listo a mediados de agosto. Si lo consiguen, la empresa podrá afrontar con comodidad los próximos años y Fernando llegará a las siete a casa. Su autoengaño ha recibido una nueva moratoria.

 

Viernes, 10 de la mañana. La administrativa de ventas le pide a su jefe un minuto. Él responde «¿Es grave?». Ella responde con la terrorífica frase «Es algo personal». A las 10 horas y 2 minutos (uno más de lo previsto) es ya oficial: Alicia, la administrativa de ventas, acaba de decir que se va. Es irreversible, no hay vuelta atrás...

¿Cuántas veces hemos vivido esta situación? ¿Cuántas veces, los que tenemos gente a nuestro cargo, hemos pensado cosas como «¿Cómo no me he dado cuenta?, ¿Cómo lo podía haber evitado?», o el simple y lastimero «¿Por qué se va?».

El directivo experimenta una sensación de frustración, de pérdida. Le invaden las dudas no sólo de cómo será sustituida aquella persona y cómo será la travesía del desierto hasta que la nueva no asuma sus funciones, sino que puede iniciar una reflexión más intimista, más humilde, dónde se cuestione su propio rol como directivo. Ese viernes, a las 10 horas 2 minutos, el directivo ha bajado un momento de su Olimpo para pasearse entre mortales. Aquella administrativa de ventas que tanto tiempo lo había tenido a él como jefe abandona el barco y, en consecuencia, su jerarquía.

Pero el directivo, el buen directivo, tiene suficiente autoestima para remontar desde la adversidad, para buscar una justificación que le salve su conciencia, para evitar sentirse culpable ante una situación así. Empezamos a descubrir que la administrativa de ventas tampoco era tan buena, que con los años que llevaba acumulaba demasiado pasivo laboral, que la “nueva” apunta mejores maneras y que vamos a ganar con el cambio... Y así, con una noche de insomnio, lo hemos arreglado: hemos mandado a lo más profundo de nuestro cerebro la frustración del primer instante.

Quince días después, una nueva administrativa de ventas ocupa el lugar de Alicia. La misma ilusión de los primeros días, el mismo brillo de ojos, la misma voluntad. Apunta buenas maneras, piensas, pero en la soledad de tu despacho, por un momento planea de nuevo la duda: «¿Cuándo se irá?». Suena el teléfono, es un cliente con un pedido, la nube se aleja rápidamente y tu corazón vuelve a palpitar de alegría.