De un tiempo a esta parte, el Coaching se ha posicionado como una de las palabras más utilizadas en recursos humanos.
Todo el mundo es especialista en Coaching. Hay Institutos Internacionales de Coaching, Escuelas Europeas de Coaching, Centros Nacionales para el Desarrollo de Coachers, Másters Formadores en Coaching, Coachers Developers y no sé cuántas expresiones más.
Pero, ¿qué es el Coaching? Vamos a Wikipedia:
- Procede del término inglés to coach, entrenar. En el entorno empresarial y personal se conoce por coaching al proceso interactivo y transparente mediante el cual el coach o entrenador y la persona o grupo implicados en dicho proceso buscan el camino más eficaz para alcanzar los objetivos fijados usando sus propios recursos y habilidades.
- El Coaching es un sistema de preguntas por el cual el Coach (profesional) ayuda al coachee (cliente) a sacar lo mejor de si mismo.
Parece claro, no? Es algo así como recuperar la figura del mentor o tutor (aunque no es exactamente lo mismo el mentoring que el coaching) de la Roma Clásica.
Luego, ¿dónde está el peligro que anuncia el título del artículo? ¡Pues en los coachers, claro!
He conocido a varias personas que se autodenominaban coachers y no eran más que meros embaucadores, farsantes de feria, juglares con verbo fácil.
Hay autodenominados coachers que juegan con la debilidad humana. Piden a sus incautos alumnos que “saquen” todos los traumas que llevan dentro, porque a todos les ven traumas interiores: que si una dura relación con el padre, que si un marido insensible, que si una frustración porque querías jugar en el Barça y te quedaste en el Matadepera... Así, el coachee (el cliente) empieza a llorar y a destapar el tarro de su desgracia. “¡Expulsa tus demonios!”, grita el coacher, y el otro venga a contar intimidades y venga a sollozar. Mientras, los demás asistentes a la sesión corean el nombre del infeliz que está en el estrado.
Hay un momento en que el encantador de serpientes para la sesión. Se hace el sepulcral silencio y cuál Mesías redimido, toma el control de la clase y suelta una perorata final para júbilo de los asistentes. “¡Qué bien habla! ¡Cómo nos conoce!”, comentan mientras bajan por las escaleras de aquel Centro Intercontinental de Coaching que está en un piso de mala muerte de Barcelona.
Este Coaching no sirve para ABSOLUTAMENTE NADA BUENO. Sirve para generar miedos internos, para idolatrar al jefe de la secta, para rascar una herida hasta llegar al hueso.
El otro día, un autodenominado coacher vino a ofrecerme sus servicios. Antes de nada ―le dije―, cuéntame tu vida.
Erró la profesión. Estudió para una cosa que nunca ejerció. A los 25 redireccionó su vida hacia el mundo de la empresa y consiguió hundir hasta tres negocios propios. Se casó ya mayorcito y no duró ni 2 meses. Cuando pudo superar su pánico a hablar en público, estudió para Coacher y ahora se gana la vida (más mal que bien) ofreciéndose a altos directivos para ayudarlos a crecer profesionalmente ( sic.).
Cuando terminó de responder a mis preguntas, decidió levantarse y marchar, sin decir nada. Había expulsado a sus demonios...

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