El modelo educativo en Catalunya está basado en el sistema de la evaluación continuada. La idea parte de que un alumno adquirirá mejor los conocimientos si se los troceamos en pequeñas cápsulas formativas y hacemos el seguimiento del proceso de digestión de cada una de ellas, repitiendo la dosis (a veces aumentado la cantidad) cuando ésta ha sido mal asimilada. Teóricamente, el modelo es muy interesante desde un punto de vista nutricional, pero parece que el individuo no se acaba de desarrollar adecuadamente y llega el fracaso escolar primero y la baja productividad ya en el mundo laboral.
Si tenéis hijos en edad escolar os llevaréis las manos a la cabeza de la cantidad de deberes que tienen diariamente, si los tenéis en la universidad (si es privada aún más) veréis que cada dos por tres están de exámenes, controles, pruebas de sondeo, trabajos troncales... ¿Qué efectos provoca este seguimiento tan de cerca del alumno?
Por una parte se ha demonizado la memoria. Lo que todos habíamos hecho para pasar los exámenes ahora no se lleva. No quiero decir que no tengan que estudiar, pero la cantidad de materia que tienen que asimilar en cada tramo es tan poca que el músculo del cerebro prácticamente ni se inmuta y, además, se vuelve gandul.
Por otra parte, son tantos los filtros que se ponen que la persona ya no tiene la sensación de éxito-fracaso, sino de corriente de actuación más o menos lineal. Si un trabajo lo hace mal o no lo hace, en una semana tiene la posibilidad de repararlo. Por tanto, la placentera sensación de conseguir un fruto después de un largo esfuerzo desaparece, como también desaparece la aleccionadora derrota. Es poco estimulante, creo. Decimos que se ha perdido el valor del esfuerzo. Más bien diría que entre todos lo hemos erradicado, empezando por la enseñanza.
La personalidad se configura y se endurece a medida que una persona observa el resultado de sus acciones, y éste tiene que dejar, necesariamente, huella. No todo es corregible, o no lo tendría que ser. No siempre se puede fallar porque no siempre hay reválida. En la vida profesional lo tenemos muy claro, y en el colegio y en la universidad lo tendríamos que empezar a explicar.
Esta crisis que a todos nos afecta es una consecuencia de un modelo poco estimulante, gris, sin más pasión que la del fútbol.
Recuerdo los nervios previos de un examen universitario. Nueve meses yendo a clase sin saber si lo estaba asimilando bien o no, estudiando, enclaustrado, hasta tres semanas antes. Todo jugado a una carta. Cuando veía la nota en el tablón un escalofrío me recorría el espinazo: si era aprobado, la alegría era inmensa, si era suspendido, pasada la rabia inicial, la motivación se multiplicaba. Nos lo pasamos bien estudiando, nos emocionábamos, ¡estábamos vivos!

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