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Acaba el año y... ¿lo de siempre?

Casi todas las empresas que conozco preparan algún evento a final de año, coincidiendo con las vigilias de las fiestas de Navidad. Son actos llenos de buenas intenciones, que quieren fortalecer el compañerismo entre la gente que ha pasado un duro año trabajando codo con codo. Las motivaciones son loables, pero a menudo el instrumento que se utiliza no es siempre el más adecuado. Me estoy refiriendo a la “cena de Navidad”, o en algunos casos a la “comida de Navidad”.

El cuadro es más o menos éste:

El día señalado, los compañeros de trabajo se mudan y asisten a la multitudinaria, o no tan multitudinaria, comida o cena. No están todos los que tendrían que estar. Algunos alegan problemas familiares; otros, compromisos personales; y aún otros no dicen nada, y finalmente no vienen.

Los que sí van se sitúan alrededor de la mesa con los compañeros de siempre, con los que tienen más afinidad. Hablan con ellos como lo pueden hacer un día cualquiera. Con los del otro extremo de la mesa, saludos de cortesía al entrar y al salir, y poco más.

En una punta, el gerente o el propietario intenta establecer una relación de igual a igual con aquellos que han tenido la mala suerte de ir a parar a su lado. Pocos temas tienen en común, por más que las partes se esfuercen.

Acabada la cena, unos cuantos ya desfilan hacia casa. Felicitaciones por las fiestas y algún otro comentario de rigor. Los más amigos ya han tramado en secreto donde irán después a tomar algo.

La cena no es para nada barata y normalmente paga la empresa, que ve cómo malgasta unos centenares de euros en un encuentro forzado e improductivo. La “fiestaza” se ha acabado. Todos a casa, o a tomar una copa algunos, y a esperar el año siguiente.

Este tipo de actividad, más que unir, confirma la desunión. Mucha gente con intereses muy diferentes. A menudo con el único vínculo común de trabajar bajo el mismo techo.

En mi empresa, las cosas eran igual que lo que acabo de describir hasta que probamos a cambiarlo, y la verdad es que no fue mal. Lo que hacemos es intentar dar algún sentido al encuentro. A veces con una parte lúdica, a veces con una parte más técnica, o bien con una combinación de ambas.

Un formato estándar podría ser:

Encuentro el viernes al mediodía en el despacho con la bolsa hecha. De allí vamos a algún sitio cercano, donde pasaremos la noche. Llegamos sobre las seis y hacemos un par de horas de trabajo: comentamos los resultados obtenidos, los planteamientos para el nuevo año o trabajamos algún aspecto estratégico que se pueda tratar en grupo.

Después, hacia las ocho u ocho y media, todos a cambiarse y a prepararse para la cena. No estamos en el centro de ninguna población y la única “copa” que se puede tomar es allí mismo, así que los que tienen ganas de alargar la noche se quedan en la sala y los que quieren ir a dormir, ya van camino de la cama.

Al día siguiente, desayunar juntos y actividad lúdica de trabajo en equipo. Un taller de cuerdas, un concurso de cocina, un mosaico hecho entre todos... Siempre que se pueda, al aire libre.

Hacia el mediodía del sábado se acaba la actividad. Ahora todos a casa a comer, cada uno a la suya.

La actividad no es mucho más cara que una cena convencional. Además, es subvencionable en algunos casos hasta el 100%. Y el resultado es mucho mejor. Las personas realmente han hecho cosas juntas, se han conocido, se lo han pasado bien e incluso el empresario o el gerente, por un momento, se ha visto integrado en el grupo.

El outdoor training se puede hacer en un día, sin quedarse a dormir, claro. Puede no ser tan efectivo, pero también vale. Todo menos repetir la cena de Navidad en un local lleno de cabo a rabo de cenas de empresa, que lo único que quieres es que se acabe.

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