Recursos Humanos Barcelona, Recursos Humanos Cataluña / Jordi'Blog

La apoteosis que ha significado la victoria de la selección española de fútbol en el Mundial de Sudáfrica, comparable con el clímax al que llegó el aficionado culé el año pasado (este año, menos), me hace preguntarme qué le debe de pasar a nuestra sociedad, que el fútbol tiene tanta importancia.

Entre los aficionados “talibanes” a este deporte se encuentran personajes ilustres de la cultura, las artes, la economía, la política... que cuando ven que rueda la pelota pierden el norte.

¿Cuáles son las bases sociológicas del modelo actual? La sociedad ha evolucionado terriblemente los últimos años. Del culto al espíritu al culto al cuerpo. Del bien colectivo al bien individual. De los grandes movimientos del pensamiento a los grandes estadios de fútbol.

Y es que los nuevos pilares son ahora el éxito, la seguridad y la salud.

El éxito viene representado por dos líneas: el dinero (yo soy mejor si más tengo en proporción con los que me comparo, que son mi círculo social corto) y la aspiración (pertenezco a un grupo de éxito que se llama “la Roja”, el Barça o, en menos casos, Fernando Alonso). Así, yo soy aquello que los demás han hecho de mí. Yo sólo soy si me comparo.

La seguridad es la obsesión del siglo XXI. Hemos evolucionado hacia un estado donde todo está controlado y donde nadie se queja por ello. Ni Franco lo hubieses soñado: tienen cámaras por la calle, te hacen pasar por arcos en los aeropuertos y te escanean la maleta, informatizan todos tus movimientos (las compras, los desplazamientos, el dinero que cobras...). Y la sociedad pide más y más. Dicen que la felicidad es la ausencia de miedo, pero también dicen que no hay nada que genere más miedo que la psicosis de la seguridad.

Generamos más y más leyes, y lo que no es obligatorio está prohibido. Todo tiene que estar vigilado para que la gente cumpla las normas. Y la gente dice: “esto tendría que estar prohibido” o “me parece bien que pongan multa a la gente que tira una colilla al suelo” o “ya está bien del burca en los espacios públicos”...

La gente necesita que el Gran Hermano la vigile, que la riña si se porta mal y que la conduzca por el recto camino, temerosa de las leyes y con la amenaza permanente de ser víctima de un atentado, de un robo con intimidación o de una violencia de género.

El tercer pilar es la salud. Eso sí que es importante, dicen. Y la salud la tiene que proveer el Estado, no podía ser de otra manera. Lo tiene que hacer diciendo a la gente que haga deporte, lo tiene que hacer prohibiendo el consumo de tabaco en los espacios públicos, lo tiene que hacer construyendo hospitales, centros de atención primaria... Lo tiene que hacer facilitando medicamentos low cost (los genéricos), para que la gente se pueda seguir dopando. Lo tiene que hacer montando mil líneas de atención telefónica para mujeres maltratadas, drogadictos, alcohólicos, prostitutas...

Y la gente cuida más la caja que el contenido. Ya no hay personas “normales”. O son auténticas figuras de revista o son obesos mórbidos.

También hay combinaciones de pilares, por ejemplo, aquella combinación que nace con la denuncia al policía de la estación porque alguien está fumando, y convierte al denunciante en fumador pasivo con un riesgo elevadísimo de muerte en el acto si aspira un poco de benceno.

Y es que, a lo mejor, estamos un poco cargados de manías, ¿no?

Hoy he estado con David. Hacía quince años que no hablaba con él, y me he encontrado con tiempo suficiente para hablar un rato. Me ha presentado a su mujer, diciendo: “Con Jordi hice el primer negocio de mi vida...”.

A mí me ha venido rápidamente a la cabeza a lo que se refería David: Cuando teníamos dieciséis años organizamos un Open d’Squash en Sabadell. Buscamos sponsors, programamos la competición, montamos el arbitraje y lo ejecutamos. David me recordaba que ganamos 30.000 pesetas cada uno de los tres chicos que lo organizábamos (unos 350 euros en dinero de hoy). Fue una iniciativa singular, no montamos el campeonato porque nos gustase el squash (bueno, a mí sí), sino para ganar dinero. ¡Y lo conseguimos!

David era (es) un excelente comercial. Visitamos juntos un montón de patrocinadores para pedirles el dinero para el campeonato, explicándoles que obtendría no sé qué rentabilidad al anunciarse en las chapas de las pistas. El caso es que muchos “compraron” la idea y el Open fue un hecho.

Hoy, muchos años después de aquella “gesta”, he querido saber cómo le iba a David. Lo lleva bastante bien, me parece. Es director comercial de una empresa que importa pescado, tiene cuatro hijos y, en apariencia, disfruta de un nivel de vida más que correcto.

El problema, pero, es que David vale mucho más. David podría ser un gran empresario, o un directivo de primera división: es listo, empático, trabajador e inquieto, pero... dejó los estudios en primero de BUP para ponerse a trabajar con su padre en el mercado.

Hoy me ha explicado cuatro cosas de su trabajo y ha dejado ir unas cuantas frases dignas de la mejor escuela de negocios del mundo. Tiene mucha visión de la jugada, tratando con la gente es invencible y su astucia para el mercadeo, desarrollada en el competitivo mercado municipal de Sabadell, es insuperable.

¿Entonces? ¿Por qué no es una persona influyente a nivel empresarial? ¿Porque no tiene los conocimientos que dan en la universidad? ¿Porque no sabe qué es la elasticidad cruzada de la demanda o resolver un algoritmo de Bellman-Kalaba? Pues pienso que no es por eso. Yo lo sé y no lo he utilizado nunca (ni creo que a estas alturas lo haga servir).

Creo que David ha sufrido la ignorante censura de sus superiores, que sí han pasado por la universidad. Éstos, como grandes talibanes del pedigrí, dejan a un lado gente extraordinariamente válida como David sencillamente porque no tienen estudios universitarios. A David difícilmente le dejarán ser director general de una empresa (por más cualidades que tenga), porque no quieren que tenga por debajo suyo diplomados y licenciados con más horas de aula, pero con menos talento.

Fijémonos en que todas estas estrellas sin estudios universitarios acaban trabajando en la función comercial, el lugar donde los resultados son más visibles, y se pasa por alto la titulación.

He tenido la suerte de ser escogido como miembro de la Junta Electoral Local de Sabadell, que tenía como objeto validar el proceso de consulta que se hizo en esta ciudad el pasado día 30 de mayo. Y digo la suerte porque pude vivir el proceso desde dentro y ver como fue el tema de la organización y el sistema electoral.

Sólo querría exponer cuatro datos que, a mi entender, son muy relevantes. Para hacerlo, los compararé con las últimas elecciones municipales, que se realizaron en la ciudad el 2007.

En la consulta votamos 24.000 personas. En las elecciones municipales, 73.000.

El ‘sí’ obtuvo más de 22.000 votos; en las municipales, el PSC (primera fuerza más votada, con diferencia) obtuvo 30.000. Si sumas los votos de CiU, ERC y Entesa per Sabadell (el partido que gobernó Sabadell durante más de veinte años con el alcalde Farrés), pasaron por poco de los 21.000 votos.

Por lo tanto, por pura aritmética, si los del ‘sí’ estuviesen agrupados en un solo partido, gobernarían por mayoría (como se observa, algunos votantes del PSC lo hicieron a favor).

¡¡Estos 24.000 votos se consiguieron con una campaña que tenía un presupuesto de 50.000 euros!! Muy por debajo (¡pero que mucho!) de lo que vale una campaña electoral normal.

Para comparar inversión con resultados, en la campaña de la consulta popular de la Diagonal cada voto costó 17 € (no están incluidos los sueldos de los funcionarios que intervinieron, como tampoco lo estará, en el dato siguiente, el coste de los voluntarios de la consulta de Sabadell). ¡Cada voto de Sabadell costó 2 €! Así, se puede afirmar que la eficiencia de la organización popular es ocho veces superior a la de la Administración (espero que en las otras cosas que monta la Administración los ratios sean mejores...).

Sólo queda añadir que la difusión pre y post consulta en los medios más grandes fue prácticamente nula. A modo de ejemplo, no he sabido encontrar ninguna noticia relacionada con la consulta en La Vanguardia del lunes siguiente, y en El Periódico había cuatro líneas (cuatro) y una foto del mismo tamaño que la del tropiezo de la Reina Sofía en Badajoz.

Hace tiempo que pienso que hay una pila de pequeñas cosas que no se denuncian, porque el trabajo y el dinero que comportan son muy altos para el rendimiento que se le puede sacar, pero que cometen diariamente los grandes jugadores de nuestra economía (incluyendo la Administración pública).

Repasemos algunas:

a) El cinturón de seguridad en los transportes públicos. ¿Por qué son tan talibanes al obligar y sancionar a los ciudadanos que circulan con su coche privado sin el cinturón puesto y tan laxos con los medios de transporte que están en manos de la Administración? (No vale decir que tienen un estudio hecho por una consultora de creación reciente, que dice que el cinturón en autobuses urbanos no evita los daños como lo hace en el vehículo privado.)

b) Entregar la tarjeta en la estación de servicio para que te abran el surtidor. La tarjeta, según reza en un escrito al reverso, es personal e intransferible. Sí, sí, intransferible. Por lo tanto, ¿el señor de la caja de la gasolinera está prevaricando? ¿Te está empujando a cometer un acto ilícito?

c) La letra pequeña de las webs de apuestas. Si te regalan un bono de 30 euros (pone “te regalamos”), ¿por qué cuando lo utilizas y ganas no puedes recuperarlos nunca?

d) ¿Por qué cuando pones dinero en el banco el año tiene 365 días y cuando te lo dejan tiene 360?

e) Y, hablando de bancos, ¿por qué no puedo montar un banco como monto una S.L.? ¿O es que el dinero en efectivo es más dinero que los coches? (por poner un ejemplo de un concesionario donde el proveedor, pongamos por caso, le deja los vehículos en depósito).

f) ¿Cómo es que la Administración pública no paga cuando toca? ¿No dicen que se tiene que pagar a 60 días? Entonces, ¿cómo es que pagan cuando ellos quieren?

g) ¿Y las eléctricas? ¿Por qué tengo que alquilar un contador? ¿No lo puedo comprar? (a un proveedor homologado, claro). ¿Esta gota malaya que siempre encontramos en las facturas de suministros no se puede acabar nunca? ¡No son empresas públicas, son privadas!

h) ¿Por qué un juez tarda tanto tiempo en emitir una sentencia? ¿Alguien quiere hacerme creer que se ha estado nueve meses releyéndose las declaraciones?

i) En el 2009 todos los fondos de inversión se hundieron y todos, absolutamente todos, cobraron comisiones de gestión. Yo les pregunté qué gestionaban, y me dijeron: “los fondos, claro”. ¿Y cómo puede ser que mes tras mes perdiesen dinero y no hiciesen nada? ¿Habéis oído que se produjesen despidos masivos?

j) Si el tabaco es tan malo, ¿por qué no lo prohíben y encierran a todos los estanqueros por instigar de forma pública y notoria a tan despreciable vicio?

k) ¿Por qué cuando hago una consulta a Hacienda sobre una duda tributaria su respuesta no es vinculante? ¿Os imagináis que pasase lo mismo con un médico, que se lavase las manos de nuestras preguntas?

l) Y, finalmente, ¿cómo el rey Juan Carlos tiene la barra de decir que la sanidad pública es muy buena cuando ha estado ingresado en el Clínic con una planta toda para él y cien médicos y mil enfermeras atendiéndolo? Si le pasa al Sr. Bonifacio Pérez, alias “Don Nadie”, ¿también lo atienden igual?

 

Hace tiempo que reflexiono sobre la crisis, y he llegado a la conclusión de que este desastre no es culpa de los bancos, ni del desinfle del mercado inmobiliario, ni de la globalización... Estas cosas son consecuencias, aunque a veces se disfrazan de causas. Y lo hacen por un motivo: porque las personas las quieren ver como causas, porque entonces tienen un culpable o un colectivo de culpables muy identificado (los banqueros, los especuladores, el gobierno...).

¡Nos gusta asignar una cara a nuestras desgracias! Pues creo que no hay ninguna cara detrás de la crisis, o todas, según como se mire.

Veámoslo desde la óptica de oferentes y demandantes.

¿Como son los demandantes de productos y servicios, ahora? Son exigentes, quieren cosas nuevas, quieren poder comprar barato, lo quieren todo y en cualquier momento.

¿Como se comportan los mismos demandantes cuando juegan el rol de oferente? (es decir, cuando van a trabajar para ganar un sueldo para comprar cosas) Pues son poco flexibles, no quieren trabajar fuera de horas o los fines de semana, quieren cobrar más dinero...

Entonces, ¿cómo se come, esto? El mismo que quiere no da.

Por lo tanto, tenemos un problema grave. La curva de oferta y la de demanda no se encuentran. Así pues, ¿qué es más probable que se mueva? Pues la oferta, porque es poco probable que la demanda minore sus exigencias.

En ese caso, ¿qué hay que hacer? Probablemente aprender a trabajar haciendo cosas que no habías hecho antes, en horarios que ni te imaginabas y asumiendo riesgos que nunca te habías planteado.

 

Leopoldo Abadía, sorprendente escritor mediático, ha titulado su último libro ‘La hora de los sensatos’. El título es, probablemente, lo más innovador de todo. En las páginas interiores nos encontramos los consejos de los abuelos, los de siempre: si no lo puedes pagar, no lo compres; utiliza la tarjeta de débito y no la de crédito; vive por debajo de tus posibilidades...

Comparto plenamente los pensamientos de Abadía, pero pienso que en la vida no todo es administrar recursos escasos. También tiene que haber pasión, impulso, energía, riesgo, atrevimiento... Los grandes cambios en la Humanidad proceden de misiones imposibles emprendidas por locos inconscientes y osados.

Hay quién dice que está todo inventado, y yo pienso: faltan tantas cosas, tantos servicios, que aunque que se pusieran a ello los 6.000 millones de habitantes del planeta a tirarlos adelante, ¡aún nos faltarían manos!

Seguro que todos habéis tenido ideas que, sin pasarlas por el tamiz del pragmatismo y la viabilidad, parecen ideas extraordinarias. Pues bien, yo quiero compartir con vosotros algunas de las ideas (descabelladas o no) que se podrían tirar adelante. Si os hago pensar un poco u os hago sonreír una vez, me doy por satisfecho:

Productos

1) Bombilla para hacer “la oscuridad”. Artilugio que consigue absorber la luz de una sala o de un espacio abierto para poder hacer la siesta a fuera en el patio sin tener que ponerte un “tapaojos”.

2) Bañera con puerta. Artilugio patentado por un servidor, que sirve para que los ancianos no tengan que traspasar la altísima barrera de la bañera de casa o el hotel (con riesgo de partirse el cuello), pero que a la vez permite llenarla de agua y entregarse a un relajante e insostenible, ecológicamente hablando, baño de espuma.

3) Telesilla por la ciudad. Sistema mediante el que la gente se desplaza por la ciudad, o incluso entre poblaciones, donde la relación entre el peso del transporte y el peso del transportado es la más pequeña de los medios mecánicos. La más alta la tiene el avión, que pesa una burrada. Es un sistema de superficie, fácil de instalar y que se ha probado en las condiciones más adversas de temperatura y desnivel. Por cierto, el techo del telesilla podría llevar placas fotovoltaicas (para compensar la insostenibilidad del baño de espuma antes mencionado).

Servicios

4) Taxi compartido: existen en los EEUU y en Rusia; en nuestro país, que somos tan señores, queremos ir solos dentro de la cabina, escuchando Onda Cero en Madrid y Catalunya Ràdio en Barcelona.

5) BusVolante: no, no se trata de un autobús con alas. Se trataría de una furgoneta ligera de 6/8 plazas que hace un recorrido por la ciudad, y de la que los pasajeros pueden bajar cuando quieran (previo aviso al conductor, claro) y subir en cualquier parte del recorrido.

6) El embolsador del súper. Sábado tarde, un carro de la compra lleno, una cola de mil demonios detrás de ti, una cajera rapidísima que expele productos desde el escáner. Un padre agobiado, con un niño tirando de sus pantalones, agobiado también (hace una hora que pasea entremedio de productos que no le interesan en absoluto). Tú quieres ser ecológico (para compensar el baño de espuma relajante de por la mañana) y quieres ponerlo en cajas de cartón o en tu otro carro (el de uso privativo, el de compra). Todo este lío ¿para qué? ¿Cuánto pagarías para que alguien hiciese todo eso y tú pudieses hacer un café y un helado?

Otro día más...

La publicidad es, a menudo, un reflejo de los valores de la sociedad. De hecho, la máxima de la publicidad es despertar el interés de su audiencia comunicando un mensaje cercano con el que, por lo tanto, el receptor se sienta identificado.

Este mes de enero podemos ver por TV3 dos campañas de publicidad que buscan conectar con la audiencia de manera bien diferente.

Por un lado, la campaña de Orange (telefonía móvil), en la que una chica pasea por diferentes escenarios a medida que representa que avanza la hora del día. La mayor parte del tiempo parece que está en una oficina, de donde sale a las 6 p.m. A partir de este momento, el mundo se le abre delante de los ojos. Aparecen sus amigos (que ya la esperaban) y empieza la juerga. El anuncio acaba diciendo que las cosas importantes pasan a partir de las 6 de la tarde, que es cuando uno acaba de trabajar. Las horas anteriores son tediosas, aburridas y muy grises.

El otro anuncio contrapuesto es el de Damm, que explica que en el año 2009 un equipo de fútbol maravilló al mundo, y que todos se preguntaban cuál era la clave de su éxito. Después, desfilan delante nuestro carpinteros, mecánicos, diseñadores... que, citando personajes ilustres catalanes, nos dicen que la clave del éxito es la humildad, el trabajo, el gusto por lo que uno hace, por el trabajo bien hecho, en definitiva.

¡Qué diferencia! Orange dice que la vida en el trabajo es para olvidarla, que no es vida. Que todo empieza a partir de las 6 de la tarde (para los que ya esperan en la puerta, un poco antes). Damm dice que la vida empieza bien temprano por la mañana, que hay que disfrutar del trabajo, porque sólo haciéndolo ésta sale bien.

En definitiva, que los clientes de Orange viven unas 6 horas al día (contando que se van a dormir a las 12) y los de Damm viven 15 (empezando a las 9 a trabajar y yendo a dormir a las 12, como los otros). Así, ¡unos viven más del doble que los otros!

Damm nos ha vuelto a sorprender con publicidad orientada al mercado local, que sí que se conmueve delante de este tipo de anuncio (y más si sale el Barça), y Orange nos ha reiterado su compromiso con el trabajo. Hete aquí por qué el servicio de atención al cliente es tan malo: porque sus trabajadores están esperando a las 6 p.m. para irse de juerga, y nuestra llamada es para ellos tediosa, aburrida y gris.

¡A vuestra salud!

Con este título empieza la edición catalana de la prestigiosa revista The Economist, que la editorial El Temps traduce anualmente. La revista acerca al lector las opiniones de expertos de todo el mundo sobre como será el año que acabamos de empezar.

Me gustaría usar este artículo para hacer un brevísimo repaso a algunas de las predicciones (normalmente acertadas) que realiza, para intentar ajustarlas a nuestra realidad.

El año que empieza será el año de las fusiones bancarias (o de las cajas). En nombre de la eficiencia, muchas pequeñas entidades se unirán para componer otras más fuertes, y se supone que más competitivas. Mal año escogido, éste. Si a las restricciones del crédito provocadas por este exceso de ambición de las entidades le sumamos el desbarajuste organizativo que supone una fusión, muy bien paradas no salen las empresas que necesitan, de una vez por todas, que se abra el grifo del crédito.

Las fusiones bancarias también provocarán un afloramiento insospechado de localizaciones comerciales por los cierres (previsibles) de oficinas y, como no, una cantidad ingente de personal que no sabrán donde ubicar. Hay quien piensa que los nuevos tamaños de las entidades no provocarán eficiencia, sino al contrario. De hecho, aún está por ver si cuanto más tamaño, mejor gestión. Y si no, que se lo pregunten a los directivos de General Motors, como se lo hacen para corregir el rumbo de un trasatlántico que llega al puerto de Llafranc a 35 nudos.

Otro tema que ganará interés, por lo que parece, será la inmigración. Todo aquel montón de recién llegados de baja calificación que se ocupaban en la construcción vagarán por las calles, buscándose, como buenamente puedan, la vida. Y no les será nada fácil: ni conocen la lengua, ni están adaptados a nuestra sociedad del conocimiento ni tienen contactos que les puedan echar una mano. Se gestionará el conflicto como siempre se ha hecho: improvisando. Nacerán o renacerán las actitudes xenófobas, que lo único que harán será encrespar a los colectivos discriminados, los cuales pagarán con la misma moneda. Algunos (pocos) volverán; otros, malvivirán y sembrarán el desconcierto.

Pero aparecerán también los homeless locales. Gente que no se había preparado ni conceptualmente ni actitudinalmente para afrontar la nueva situación de desocupación. Y esto sí que impactará a la población. El miedo a ser como uno de ellos planeará sobre las cabezas de muchos ocupados a precario.

No todo serán malas noticias. Habrá sectores que funcionarán estupendamente: alimentación, ferroviario, farmacéutico y inmobiliario. Quizás lo que más sorprende es este último, ¿no? Pues resulta que ahora crecen como setas las oportunidades de compra a precios bajos, que rápidamente se pondrán a alquiler con rendimientos a veces del 8% (casi cinco veces el euríbor). La especulación no se ha erradicado, al contrario, ¡en tiempos de crisis está más viva que nunca!

En el aspecto social, aumentará la separación padres-hijos gracias (o por culpa) de las tan temidas nuevas tecnologías. Antes, con prohibirle al niño que saliera de casa había suficiente para condenarlo a la más absoluta de las soledades, recluido en su habitación con la cabeza puesta en medio de los libros (aunque tampoco los leía). Ahora, el niño puede hacer lo mismo que hacía antes en la calle cómodamente sentado delante de su ordenador, con el Messenger, conectándose al Facebook o esperando la nueva web 2.0 que saldrá mañana. ¿Quién quiere pasar frío en la calle?

A veces pienso: qué suerte de que me haya tocado vivir unos tiempos tan movidos. Porque, como decía aquel de la película: “¿Se mueve? ¡Pues está vivo!”.

El business angel se define como aquel inversor individual que toma participaciones minoritarias de una empresa con el ánimo de ayudar a crear valor y la esperanza de hacer plusvalía a la salida. Las inversiones rondan los 200.000 euros (más menos que más).

Es una fórmula que idealmente está muy bien: un inversor sensato, con un cierto recorrido financiero y algunos contactos interesantes, se suma a un emprendedor que ha tenido una idea o proyecto de negocio brillante. Juntos hacen camino, valorizan la empresa y la preparan o bien para nueves rondas de capital o bien para venderla.

Si la simbiosis es hipotéticamente maravillosa, ¿por qué se hacen tan pocas?

Vamos a ver la práctica: una persona que tiene o ha hecho dinero se plantea la posibilidad de abrirse a nuevos y emocionantes campos, se autoproclama business angel y empieza a recibir proyectos muy dispares. Las primeras reuniones con los emprendedores rápidamente lo desinflan: no entiende un ápice de lo que le explican y los business plans están mal hechos.

El emprendedor también se decepciona rápidamente: ¡con lo buena que es su idea y los papeles que pide este inversor para pone “cuatro duros”! Dos, tres entrevistas, máximo y... noviazgo roto. Volver a empezar...

Cuando el inversor ya ha visto cinco proyectos se toma un tiempo de descanso. Ninguna de las inversiones que ha visto justifica que se juegue aquella cantidad de dinero. Cada entrevista que hace, cada plan que estudia es coste y, por lo tanto, más rentabilidad exigida a lo que tendría que ser el proyecto “final”. Y es que quien tiene 150.000 euros para poner en el proyecto de otro y arriesgarse a perderlos es una persona que gana muchos y, en consecuencia, su tiempo es valiosísimo.

Dentro de este sector están los curiosos, los dubitativos y los inversores de verdad. Los primeros, los curiosos, no tienen ni los 150.000 y, si los tuviesen, seguro que no los pondrían en manos de otros. Los dubitativos tienen muchos, pero les da mucho miedo perderlos. Miran centenares de proyectos y, al final, no hacen nada. Finalmente están los inversores “de verdad”. Se mueven por intuición, por feeling con los emprendedores. Son rápidos invirtiendo porque no revisan tanto papeleo. Son amantes del riesgo y aceptan que perder dinero forma parte de su trabajo.

Si queremos ser business angels, tenemos que aprender a perder. Si queremos ser emprendedores, tenemos que aprender a seducir.

La crisis actual tiene sus orígenes en una falta de ahorro de las familias o, lo que es lo mismo, en un exceso de apalanque en el sector bancario no por consumo, sino para comprar bienes raíz que a menudo tenían naturaleza especulativa.

El Gobierno, absolutamente descapitalizado por una política social expansiva y poco ligada a nuestra realidad económica, ha decidido, de forma increíble, subir los impuestos que gravan el consumo (el IVA) y el ahorro. El efecto combinado, pero, de las dos medidas, que son de sentido contrario, tiene como resultado inmediato reducir el consumo, no de los bienes raíz de base especulativa (ya se han ocupado los bancos con el recorte de los préstamos, de frenarlo), sino de la compra cotidiana. Resultado de todo ello: más dinero guardado en el banco (eso sí, penalizado) y menos dinero en las tiendas.

Para acabarlo de adobar, se bajan los impuestos a las empresas, las que tienen beneficios. ¡¡¡Las que tienen pérdidas salen perjudicadas!!! ¿Por qué? Pues muy fácil: porque el crédito fiscal que podían acumular (que es el mal menor cuando tienes pérdidas) bajará un 25%.

En resumen, una auténtica tontería.

La paradoja del caso es que esto se hace mientras asume la Secretaría de Estado de Economía el Sr. Campa, insigne economista vinculado al IESE que, como bien saben, es el organismo de formación de directivos del Opus Dei.

Me parece del todo incomprensible que alguien pueda dictar leyes tan salvajes en contra de la población “normal”, la que no es patrón de ninguna insigne institución, la que no tiene sociedades patrimoniales que viven de renta, la que trabaja cada día para malvivir con sueldos erosionados por un Estado voraz (¿Saben los mileuristas que pagan más de 380 euros al mes en concepto de Seguridad Social para acceder a una sanidad donde siempre hay los mismos o para pagar una enseñanza pública que espanta?).

¿Y estos son de izquierdas? Noooo. ¡¡¡Campa da fe!!! Y es que todo el mundo es de izquierdas hasta que tiene poder o dinero.

¿Alguien puede traducir este artículo a un lenguaje entendedor y explicárselo a la gente que ha tenido la suerte de no saber de economía?