Recursos Humanos Barcelona, Recursos Humanos Cataluña / Jordi'Blog

 

Tinc un amic que està patint. Tinc un amic que fa més de deu anys que treballa a la mateixa empresa. Ara, l’empresa no va bé i podria ser que acabés tancant. El meu amic té dona i tres fills, i un coixí que li permetria aguantar uns mesos sense ingressos.

El cas és que em va venir a demanar consell. Només en passar per la porta vaig saber que, més que consell, venia a buscar suport. Ell ho va plantejar com que no sabia què fer: si esperar esdeveniments o bé iniciar la recerca activa de feina immediatament.

Davant de disjuntives com aquesta, jo ho tinc molt clar: intento prendre les regnes de la meva vida i surto al mercat a buscar-me la feina. El Juli, que així es diu el meu amic, té una llosa al damunt que li impedeix obrar amb llibertat: si plega, renuncia a la suculenta indemnització que la Llei estableix per a acomiadaments improcedents. És clar que si es queda i l’empresa tanca, vés a buscar la teva indemnització!

També pot ser que l’empresa presenti un ERO (Expedient de Regulació d’Ocupació) i li baixin la indemnització a la meitat, per exemple.

El cas és que el Juli està patint, i no mou fitxa gràcies o per culpa d’una Llei que es va fer per afavorir els treballadors, la de la indemnització! Curiosa paradoxa aquesta que obliga a alguns a actuar contra les lleis de la natura que dicten que, si s’ensumen maldades, ràpid has de buscar refugi.

El Juli està paralitzat, a hores d’ara. Tant de bo tot s’arregli sol!

 
 

Viernes, 10 de la mañana. La administrativa de ventas le pide a su jefe un minuto. Él responde «¿Es grave?». Ella responde con la terrorífica frase «Es algo personal». A las 10 horas y 2 minutos (uno más de lo previsto) es ya oficial: Alicia, la administrativa de ventas, acaba de decir que se va. Es irreversible, no hay vuelta atrás...

¿Cuántas veces hemos vivido esta situación? ¿Cuántas veces, los que tenemos gente a nuestro cargo, hemos pensado cosas como «¿Cómo no me he dado cuenta?, ¿Cómo lo podía haber evitado?», o el simple y lastimero «¿Por qué se va?».

El directivo experimenta una sensación de frustración, de pérdida. Le invaden las dudas no sólo de cómo será sustituida aquella persona y cómo será la travesía del desierto hasta que la nueva no asuma sus funciones, sino que puede iniciar una reflexión más intimista, más humilde, dónde se cuestione su propio rol como directivo. Ese viernes, a las 10 horas 2 minutos, el directivo ha bajado un momento de su Olimpo para pasearse entre mortales. Aquella administrativa de ventas que tanto tiempo lo había tenido a él como jefe abandona el barco y, en consecuencia, su jerarquía.

Pero el directivo, el buen directivo, tiene suficiente autoestima para remontar desde la adversidad, para buscar una justificación que le salve su conciencia, para evitar sentirse culpable ante una situación así. Empezamos a descubrir que la administrativa de ventas tampoco era tan buena, que con los años que llevaba acumulaba demasiado pasivo laboral, que la “nueva” apunta mejores maneras y que vamos a ganar con el cambio... Y así, con una noche de insomnio, lo hemos arreglado: hemos mandado a lo más profundo de nuestro cerebro la frustración del primer instante.

Quince días después, una nueva administrativa de ventas ocupa el lugar de Alicia. La misma ilusión de los primeros días, el mismo brillo de ojos, la misma voluntad. Apunta buenas maneras, piensas, pero en la soledad de tu despacho, por un momento planea de nuevo la duda: «¿Cuándo se irá?». Suena el teléfono, es un cliente con un pedido, la nube se aleja rápidamente y tu corazón vuelve a palpitar de alegría.