Recursos Humanos Barcelona, Recursos Humanos Cataluña / Jordi'Blog

 

Este fin de semana leía un interesante artículo de opinión del catedrático de Estructura Económica del IQS, Santiago Niño, que vaticinaba el final de la crisis ¡para el 2017! Hay muchos aspectos del artículo con los que estoy totalmente de acuerdo y otros (como el de pronosticar la fecha del final) con los que difiero notablemente.

Niño apuntaba que estábamos delante de un cambio de modelo de actuación por parte del consumidor: se reducirá drásticamente el hiperconsumismo y el hiperendeudamiento. Vamos a desgranar los conceptos y empezemos por el hiperconsumismo.

Parece, así nos lo muestran los datos, que la compra por impulso y en grandes centros comerciales está en horas bajas. De hecho, la parte de gasto doméstico que se lleva la gran superficie ha caído 10 puntos en 10 años. Parece que ir a comprar a un lugar enorme con más de 25.000 referencias ja no se lleva. Quizás porque hay menos renta a gastar o quizás porque el consumidor se ha cansado de los excesos de productos de bajo nivel de precio, pero también de baja utilidad y calidad. Quizás volveremos a la tienda de barrio (con diferencias notables, como el tamaño del establecimiento de los 70) y buscaremos productos un poco mejores y con menos errores en el funcionamiento (buscaremos la fruta y verdura “de verdad”, los electrodomésticos que duren más de cinco años...). Compraremos menos unidades pero mejores, parece.

También se reducirá, “por imperativo legal”, el hiperendeudamiento. El famoso ratio de leverage o de apalancamiento financiero, que decía que si obtenías de tu negocio un 8% y el banco te dejaba el dinero a un 4%, ¡venga todo el dinero de fuera! Esto está muy bien en momentos de expansión, pero en momentos de recesión ya no sirve, y es que se ha olvidado el primero de los principios de administración de empresas, ¡el de prudencia!

Si estos cambios son ciertos (como están reafirmando muchos indicadores), iremos hacia una sociedad más respetuosa con el uso de los recursos (es inviable que en el Reino Unido, el último año, se hayan tirado a la basura 4.500 toneladas de comida), menos dependiente de la energía (se producirá menos) y con una economía más solvente, o se creará menos “dinero artificial” que, como saben, genera mucha inflacción (como estamos viendo).

Referente al último punto, que la crisis acabará en el 2017, no puedo más que negarlo, pues no tiene en cuenta la increíble capacidad de resistencia y adaptabilidad del ser humano. Pasaremos un período magro, pero, poco a poco, encontraremos el camino y remontaremos. Y es que la fecha es buena en ceteris paribus, la expresión que usan los estudiosos de economía para decir que “todo se mantendrá constante”. Y esto creo que no se producirá, pues nadie se quedará impasible.

¡Por fin una buena noticia sobre la crisis!

 
 

Delante de la convulsa situación del mercado inmobiliario y del clima de desánimo que reina en el sector, me gustaría proponerles, señores constructores y promotores, un par de alternativas que quizás podrían resolver la situación.

Antes de decíroslas, vamos a ver por qué no se venden pisos. Hay dos tipos de perfiles que compran pisos (o almenos que los compraban): los que lo hacen (o lo hacían) para disfrutar del bien y los que lo hacen (o lo hacían) para especular. Empecemos por los primeros, los que quieren irse a vivir.

Analicemos primero si hay demanda. ¿La gente necesita vivenda? Podemos entender que sí, ¿verdad? La gente quiere emanciparse, hay crecimiento poblacional, la renta por cápita aún puede aguantar compras a precio razonable... Entonces, ¿por qué no compran? Porqué probablemente muchos están aplazando su decisión, ya que piensan que el precio de la vivenda todavía puede bajar más y, claro está, comprar caro no le gusta a nadie.

Ahora viene la primera de las “soluciones”. Una pareja quiere comprar un piso, pero tiene miedo de que baje de precio. Los miedos, en el mercado, se cubren con seguros, ¿no? Pues imaginemos a esta pareja a la que un promotor quiere vender un piso. Encargamos una tasación oficial y se lo tasa, pongamos por caso, en 300.000 euros. El banco les dará, si hay renta que lo aguante, el 80% del valor, es decir, 240.000 euros. El resto tendrá que salir del ahorro de la pareja. Para cubrir el miedo de la depreciación (que sólo se producirá si hay una segunda transacción) se podría contratar un seguro por el valor hipotético de la depreciación (como si fuese un seguro de tipo de cambio). Si la pareja vende el piso, por ejemplo, al cabo de cuatro años, se vuelve a hacer la tasación y se ejecuta el seguro por el diferencial (en el caso de que el precio sea más bajo, claro). Si le añades que la tenencia media de un piso es de diecisiete años, veremos que la probabilidad de que se ejecute el seguro es baja. Esto, combinado con que es poco probable que el precio de los pisos caiga año tras año, haría que el coste del seguro no fuese demasiado alto (en cualquier caso, ¡mucho más bajo que estos descuentos que algunos desesperados proponen!).

Vayamos al segundo caso, el inversor especulador. Éste no tiene claro donde poner el dinero en estos momentos. La Bolsa no tiene buena cara y ponerlo en materias primas parece “espacio reservado” a los iniciados... Supongamos, otra vez, el piso de 300.000 euros de valor de tasación. Supongamos una rentabilidad aceptable del 7% anual más la hipotética plusvalía. ¿Qué pasaría si el promotor se comprometiese a pagar al “especulador” (no me gusta el nombre, pero está muy generalizado) este 7% periodificado mensualmente y lo garantizase durante cinco años con un aval a un año “que corriese”? El coste para el promotor es bajísimo y dispondría de los fondos de la transacción. Esto se podría “sofisticar” más encargando al promotor la gestión del alquiler del inmueble adquirido, y partirse el diferencial de la gananacia (precio de alquiler menos rendimiento al 7%), así incorporaría la opción “efecto empresarial” (obtener un alto rendimiento) a la operación.

Está claro que se tendría que bajar al detalle. También está claro que no todo el mundo lo entiende y que hay que hacer un trabajo adicional por parte del promotor, compañías de seguros y bancos, pero... quizás vale la pena probarlo, ¿no?

¡Estoy abierto a críticas!

 
 

Este artículo ha sido publicado originariamente en la web de Expansión y Empleo. Puede consultar el artículo original.

Tengo un cuñado que es profesor de educación especial, esto es, profesor de niños con deficiencias psíquicas graves. Hace tiempo que lo es y creo que lo va a seguir siendo mucho tiempo.

Mi cuñado es una persona de vasta cultura. Es trabajador y listo. Es sociable, buen comunicador y alegre. Y es profesor de educación especial...

Ésta es una profesión “extraña”. No tiene “glamour”: en una cena de gente heterogénea, un profesor de educación especial no será el centro de atención, al menos por lo que a la profesión se refiere. Es mucho más interesante un director de marketing de la Coca Cola, un periodista del corazón o, incluso, un jugador de fútbol.

Para más inri, ésta no es una profesión bien pagada. Un administrativo adelantado de una multinacional le sobrepasa en sueldo y en “beneficios sociales”. Tampoco no es una profesión que tenga unos horarios buenísimos: aunque gozan de dos meses de vacaciones, asisten a infinidad de reuniones nocturnas donde los padres intentan capturar algo de esperanza en los progresos del niño. Normalmente se van cabizbajos: todo sigue igual...

Pero Rafa sigue allí, cada mañana. No consulta ofertas de trabajo en Internet, no va a entrevistas de selección, no aspira a ascender ni tan siquiera a director de la escuela.

Rafas hay muchos: los profesores de primaria y secundaria, algunos profesionales de la sanidad, auxiliares de geriatría... Y nos preguntamos el porqué. ¿Cómo es posible que alguien haga algo así, mal pagado y sin reconocimiento social?

Para contestar a esta pregunta debemos echar un vistazo a las motivaciones que mueven a las personas a hacer algo. Para simplificar, podríamos afirmar que la motivación es la suma de tres factores: la motivación extrínseca, la intrínseca y la trascendente.

La primera, la extrínseca, es la que habla de sueldo y del reconocimiento ante terceros. La intrínseca es la que tiene en cuenta el resultado de la acción para quién la realiza, es decir, que al que lo hace le gusta hacer aquello. Y finalmente, la trascendente que es aquella que tiene en cuenta el receptor de la acción, o lo que es lo mismo, que aquello que uno hace beneficia a un tercero.

Rafa tiene una gran motivación intrínseca (le gusta su trabajo) y una elevadísima motivación trascendente (los niños y los padres de los niños se benefician de su trabajo). Por ello, Rafa seguirá trabajando en aquella escuela, aunque su sueldo sea bajo y su “prestigio” social también.

Muchas empresas que conozco trabajan mucho la motivación extrínseca. Diseñan completísimos mecanismos de remuneración que persiguen la equidad interna, la retribución por competencias y la “justicia” para con el mercado. Esto es lo fácil: con un Excel y una buena predisposición al cálculo salen cosas increíbles, pero, ¿con qué fin? ¿Quieren bajar la rotación? ¿Quieren llegar a unos objetivos determinados? Estas empresas creen que un buen sistema retributivo y unos cuantos golpecitos en la espalda son la llave de la competitividad pero olvidan los otros dos factores motivacionales, que en según quién (más de los que pensamos) tienen más poder que el primero.

¿Se han planteado alguna vez si a sus trabajadores/colaboradores les gusta lo que hacen? ¿Conocen sus subordinados para qué sirve su trabajo y a quién beneficia?

¿Por qué no lo hacemos fácil? ¿Por qué no pensamos qué nos motiva a nosotros y lo intentamos extrapolar a los demás?