Hace tiempo que pienso que hay una pila de pequeñas cosas que no se denuncian, porque el trabajo y el dinero que comportan son muy altos para el rendimiento que se le puede sacar, pero que cometen diariamente los grandes jugadores de nuestra economía (incluyendo la Administración pública).

Repasemos algunas:

a) El cinturón de seguridad en los transportes públicos. ¿Por qué son tan talibanes al obligar y sancionar a los ciudadanos que circulan con su coche privado sin el cinturón puesto y tan laxos con los medios de transporte que están en manos de la Administración? (No vale decir que tienen un estudio hecho por una consultora de creación reciente, que dice que el cinturón en autobuses urbanos no evita los daños como lo hace en el vehículo privado.)

b) Entregar la tarjeta en la estación de servicio para que te abran el surtidor. La tarjeta, según reza en un escrito al reverso, es personal e intransferible. Sí, sí, intransferible. Por lo tanto, ¿el señor de la caja de la gasolinera está prevaricando? ¿Te está empujando a cometer un acto ilícito?

c) La letra pequeña de las webs de apuestas. Si te regalan un bono de 30 euros (pone “te regalamos”), ¿por qué cuando lo utilizas y ganas no puedes recuperarlos nunca?

d) ¿Por qué cuando pones dinero en el banco el año tiene 365 días y cuando te lo dejan tiene 360?

e) Y, hablando de bancos, ¿por qué no puedo montar un banco como monto una S.L.? ¿O es que el dinero en efectivo es más dinero que los coches? (por poner un ejemplo de un concesionario donde el proveedor, pongamos por caso, le deja los vehículos en depósito).

f) ¿Cómo es que la Administración pública no paga cuando toca? ¿No dicen que se tiene que pagar a 60 días? Entonces, ¿cómo es que pagan cuando ellos quieren?

g) ¿Y las eléctricas? ¿Por qué tengo que alquilar un contador? ¿No lo puedo comprar? (a un proveedor homologado, claro). ¿Esta gota malaya que siempre encontramos en las facturas de suministros no se puede acabar nunca? ¡No son empresas públicas, son privadas!

h) ¿Por qué un juez tarda tanto tiempo en emitir una sentencia? ¿Alguien quiere hacerme creer que se ha estado nueve meses releyéndose las declaraciones?

i) En el 2009 todos los fondos de inversión se hundieron y todos, absolutamente todos, cobraron comisiones de gestión. Yo les pregunté qué gestionaban, y me dijeron: “los fondos, claro”. ¿Y cómo puede ser que mes tras mes perdiesen dinero y no hiciesen nada? ¿Habéis oído que se produjesen despidos masivos?

j) Si el tabaco es tan malo, ¿por qué no lo prohíben y encierran a todos los estanqueros por instigar de forma pública y notoria a tan despreciable vicio?

k) ¿Por qué cuando hago una consulta a Hacienda sobre una duda tributaria su respuesta no es vinculante? ¿Os imagináis que pasase lo mismo con un médico, que se lavase las manos de nuestras preguntas?

l) Y, finalmente, ¿cómo el rey Juan Carlos tiene la barra de decir que la sanidad pública es muy buena cuando ha estado ingresado en el Clínic con una planta toda para él y cien médicos y mil enfermeras atendiéndolo? Si le pasa al Sr. Bonifacio Pérez, alias “Don Nadie”, ¿también lo atienden igual?

 

Hace tiempo que reflexiono sobre la crisis, y he llegado a la conclusión de que este desastre no es culpa de los bancos, ni del desinfle del mercado inmobiliario, ni de la globalización... Estas cosas son consecuencias, aunque a veces se disfrazan de causas. Y lo hacen por un motivo: porque las personas las quieren ver como causas, porque entonces tienen un culpable o un colectivo de culpables muy identificado (los banqueros, los especuladores, el gobierno...).

¡Nos gusta asignar una cara a nuestras desgracias! Pues creo que no hay ninguna cara detrás de la crisis, o todas, según como se mire.

Veámoslo desde la óptica de oferentes y demandantes.

¿Como son los demandantes de productos y servicios, ahora? Son exigentes, quieren cosas nuevas, quieren poder comprar barato, lo quieren todo y en cualquier momento.

¿Como se comportan los mismos demandantes cuando juegan el rol de oferente? (es decir, cuando van a trabajar para ganar un sueldo para comprar cosas) Pues son poco flexibles, no quieren trabajar fuera de horas o los fines de semana, quieren cobrar más dinero...

Entonces, ¿cómo se come, esto? El mismo que quiere no da.

Por lo tanto, tenemos un problema grave. La curva de oferta y la de demanda no se encuentran. Así pues, ¿qué es más probable que se mueva? Pues la oferta, porque es poco probable que la demanda minore sus exigencias.

En ese caso, ¿qué hay que hacer? Probablemente aprender a trabajar haciendo cosas que no habías hecho antes, en horarios que ni te imaginabas y asumiendo riesgos que nunca te habías planteado.

 

Leopoldo Abadía, sorprendente escritor mediático, ha titulado su último libro ‘La hora de los sensatos’. El título es, probablemente, lo más innovador de todo. En las páginas interiores nos encontramos los consejos de los abuelos, los de siempre: si no lo puedes pagar, no lo compres; utiliza la tarjeta de débito y no la de crédito; vive por debajo de tus posibilidades...

Comparto plenamente los pensamientos de Abadía, pero pienso que en la vida no todo es administrar recursos escasos. También tiene que haber pasión, impulso, energía, riesgo, atrevimiento... Los grandes cambios en la Humanidad proceden de misiones imposibles emprendidas por locos inconscientes y osados.

Hay quién dice que está todo inventado, y yo pienso: faltan tantas cosas, tantos servicios, que aunque que se pusieran a ello los 6.000 millones de habitantes del planeta a tirarlos adelante, ¡aún nos faltarían manos!

Seguro que todos habéis tenido ideas que, sin pasarlas por el tamiz del pragmatismo y la viabilidad, parecen ideas extraordinarias. Pues bien, yo quiero compartir con vosotros algunas de las ideas (descabelladas o no) que se podrían tirar adelante. Si os hago pensar un poco u os hago sonreír una vez, me doy por satisfecho:

Productos

1) Bombilla para hacer “la oscuridad”. Artilugio que consigue absorber la luz de una sala o de un espacio abierto para poder hacer la siesta a fuera en el patio sin tener que ponerte un “tapaojos”.

2) Bañera con puerta. Artilugio patentado por un servidor, que sirve para que los ancianos no tengan que traspasar la altísima barrera de la bañera de casa o el hotel (con riesgo de partirse el cuello), pero que a la vez permite llenarla de agua y entregarse a un relajante e insostenible, ecológicamente hablando, baño de espuma.

3) Telesilla por la ciudad. Sistema mediante el que la gente se desplaza por la ciudad, o incluso entre poblaciones, donde la relación entre el peso del transporte y el peso del transportado es la más pequeña de los medios mecánicos. La más alta la tiene el avión, que pesa una burrada. Es un sistema de superficie, fácil de instalar y que se ha probado en las condiciones más adversas de temperatura y desnivel. Por cierto, el techo del telesilla podría llevar placas fotovoltaicas (para compensar la insostenibilidad del baño de espuma antes mencionado).

Servicios

4) Taxi compartido: existen en los EEUU y en Rusia; en nuestro país, que somos tan señores, queremos ir solos dentro de la cabina, escuchando Onda Cero en Madrid y Catalunya Ràdio en Barcelona.

5) BusVolante: no, no se trata de un autobús con alas. Se trataría de una furgoneta ligera de 6/8 plazas que hace un recorrido por la ciudad, y de la que los pasajeros pueden bajar cuando quieran (previo aviso al conductor, claro) y subir en cualquier parte del recorrido.

6) El embolsador del súper. Sábado tarde, un carro de la compra lleno, una cola de mil demonios detrás de ti, una cajera rapidísima que expele productos desde el escáner. Un padre agobiado, con un niño tirando de sus pantalones, agobiado también (hace una hora que pasea entremedio de productos que no le interesan en absoluto). Tú quieres ser ecológico (para compensar el baño de espuma relajante de por la mañana) y quieres ponerlo en cajas de cartón o en tu otro carro (el de uso privativo, el de compra). Todo este lío ¿para qué? ¿Cuánto pagarías para que alguien hiciese todo eso y tú pudieses hacer un café y un helado?

Otro día más...

La publicidad es, a menudo, un reflejo de los valores de la sociedad. De hecho, la máxima de la publicidad es despertar el interés de su audiencia comunicando un mensaje cercano con el que, por lo tanto, el receptor se sienta identificado.

Este mes de enero podemos ver por TV3 dos campañas de publicidad que buscan conectar con la audiencia de manera bien diferente.

Por un lado, la campaña de Orange (telefonía móvil), en la que una chica pasea por diferentes escenarios a medida que representa que avanza la hora del día. La mayor parte del tiempo parece que está en una oficina, de donde sale a las 6 p.m. A partir de este momento, el mundo se le abre delante de los ojos. Aparecen sus amigos (que ya la esperaban) y empieza la juerga. El anuncio acaba diciendo que las cosas importantes pasan a partir de las 6 de la tarde, que es cuando uno acaba de trabajar. Las horas anteriores son tediosas, aburridas y muy grises.

El otro anuncio contrapuesto es el de Damm, que explica que en el año 2009 un equipo de fútbol maravilló al mundo, y que todos se preguntaban cuál era la clave de su éxito. Después, desfilan delante nuestro carpinteros, mecánicos, diseñadores... que, citando personajes ilustres catalanes, nos dicen que la clave del éxito es la humildad, el trabajo, el gusto por lo que uno hace, por el trabajo bien hecho, en definitiva.

¡Qué diferencia! Orange dice que la vida en el trabajo es para olvidarla, que no es vida. Que todo empieza a partir de las 6 de la tarde (para los que ya esperan en la puerta, un poco antes). Damm dice que la vida empieza bien temprano por la mañana, que hay que disfrutar del trabajo, porque sólo haciéndolo ésta sale bien.

En definitiva, que los clientes de Orange viven unas 6 horas al día (contando que se van a dormir a las 12) y los de Damm viven 15 (empezando a las 9 a trabajar y yendo a dormir a las 12, como los otros). Así, ¡unos viven más del doble que los otros!

Damm nos ha vuelto a sorprender con publicidad orientada al mercado local, que sí que se conmueve delante de este tipo de anuncio (y más si sale el Barça), y Orange nos ha reiterado su compromiso con el trabajo. Hete aquí por qué el servicio de atención al cliente es tan malo: porque sus trabajadores están esperando a las 6 p.m. para irse de juerga, y nuestra llamada es para ellos tediosa, aburrida y gris.

¡A vuestra salud!

Con este título empieza la edición catalana de la prestigiosa revista The Economist, que la editorial El Temps traduce anualmente. La revista acerca al lector las opiniones de expertos de todo el mundo sobre como será el año que acabamos de empezar.

Me gustaría usar este artículo para hacer un brevísimo repaso a algunas de las predicciones (normalmente acertadas) que realiza, para intentar ajustarlas a nuestra realidad.

El año que empieza será el año de las fusiones bancarias (o de las cajas). En nombre de la eficiencia, muchas pequeñas entidades se unirán para componer otras más fuertes, y se supone que más competitivas. Mal año escogido, éste. Si a las restricciones del crédito provocadas por este exceso de ambición de las entidades le sumamos el desbarajuste organizativo que supone una fusión, muy bien paradas no salen las empresas que necesitan, de una vez por todas, que se abra el grifo del crédito.

Las fusiones bancarias también provocarán un afloramiento insospechado de localizaciones comerciales por los cierres (previsibles) de oficinas y, como no, una cantidad ingente de personal que no sabrán donde ubicar. Hay quien piensa que los nuevos tamaños de las entidades no provocarán eficiencia, sino al contrario. De hecho, aún está por ver si cuanto más tamaño, mejor gestión. Y si no, que se lo pregunten a los directivos de General Motors, como se lo hacen para corregir el rumbo de un trasatlántico que llega al puerto de Llafranc a 35 nudos.

Otro tema que ganará interés, por lo que parece, será la inmigración. Todo aquel montón de recién llegados de baja calificación que se ocupaban en la construcción vagarán por las calles, buscándose, como buenamente puedan, la vida. Y no les será nada fácil: ni conocen la lengua, ni están adaptados a nuestra sociedad del conocimiento ni tienen contactos que les puedan echar una mano. Se gestionará el conflicto como siempre se ha hecho: improvisando. Nacerán o renacerán las actitudes xenófobas, que lo único que harán será encrespar a los colectivos discriminados, los cuales pagarán con la misma moneda. Algunos (pocos) volverán; otros, malvivirán y sembrarán el desconcierto.

Pero aparecerán también los homeless locales. Gente que no se había preparado ni conceptualmente ni actitudinalmente para afrontar la nueva situación de desocupación. Y esto sí que impactará a la población. El miedo a ser como uno de ellos planeará sobre las cabezas de muchos ocupados a precario.

No todo serán malas noticias. Habrá sectores que funcionarán estupendamente: alimentación, ferroviario, farmacéutico y inmobiliario. Quizás lo que más sorprende es este último, ¿no? Pues resulta que ahora crecen como setas las oportunidades de compra a precios bajos, que rápidamente se pondrán a alquiler con rendimientos a veces del 8% (casi cinco veces el euríbor). La especulación no se ha erradicado, al contrario, ¡en tiempos de crisis está más viva que nunca!

En el aspecto social, aumentará la separación padres-hijos gracias (o por culpa) de las tan temidas nuevas tecnologías. Antes, con prohibirle al niño que saliera de casa había suficiente para condenarlo a la más absoluta de las soledades, recluido en su habitación con la cabeza puesta en medio de los libros (aunque tampoco los leía). Ahora, el niño puede hacer lo mismo que hacía antes en la calle cómodamente sentado delante de su ordenador, con el Messenger, conectándose al Facebook o esperando la nueva web 2.0 que saldrá mañana. ¿Quién quiere pasar frío en la calle?

A veces pienso: qué suerte de que me haya tocado vivir unos tiempos tan movidos. Porque, como decía aquel de la película: “¿Se mueve? ¡Pues está vivo!”.

El business angel se define como aquel inversor individual que toma participaciones minoritarias de una empresa con el ánimo de ayudar a crear valor y la esperanza de hacer plusvalía a la salida. Las inversiones rondan los 200.000 euros (más menos que más).

Es una fórmula que idealmente está muy bien: un inversor sensato, con un cierto recorrido financiero y algunos contactos interesantes, se suma a un emprendedor que ha tenido una idea o proyecto de negocio brillante. Juntos hacen camino, valorizan la empresa y la preparan o bien para nueves rondas de capital o bien para venderla.

Si la simbiosis es hipotéticamente maravillosa, ¿por qué se hacen tan pocas?

Vamos a ver la práctica: una persona que tiene o ha hecho dinero se plantea la posibilidad de abrirse a nuevos y emocionantes campos, se autoproclama business angel y empieza a recibir proyectos muy dispares. Las primeras reuniones con los emprendedores rápidamente lo desinflan: no entiende un ápice de lo que le explican y los business plans están mal hechos.

El emprendedor también se decepciona rápidamente: ¡con lo buena que es su idea y los papeles que pide este inversor para pone “cuatro duros”! Dos, tres entrevistas, máximo y... noviazgo roto. Volver a empezar...

Cuando el inversor ya ha visto cinco proyectos se toma un tiempo de descanso. Ninguna de las inversiones que ha visto justifica que se juegue aquella cantidad de dinero. Cada entrevista que hace, cada plan que estudia es coste y, por lo tanto, más rentabilidad exigida a lo que tendría que ser el proyecto “final”. Y es que quien tiene 150.000 euros para poner en el proyecto de otro y arriesgarse a perderlos es una persona que gana muchos y, en consecuencia, su tiempo es valiosísimo.

Dentro de este sector están los curiosos, los dubitativos y los inversores de verdad. Los primeros, los curiosos, no tienen ni los 150.000 y, si los tuviesen, seguro que no los pondrían en manos de otros. Los dubitativos tienen muchos, pero les da mucho miedo perderlos. Miran centenares de proyectos y, al final, no hacen nada. Finalmente están los inversores “de verdad”. Se mueven por intuición, por feeling con los emprendedores. Son rápidos invirtiendo porque no revisan tanto papeleo. Son amantes del riesgo y aceptan que perder dinero forma parte de su trabajo.

Si queremos ser business angels, tenemos que aprender a perder. Si queremos ser emprendedores, tenemos que aprender a seducir.

La crisis actual tiene sus orígenes en una falta de ahorro de las familias o, lo que es lo mismo, en un exceso de apalanque en el sector bancario no por consumo, sino para comprar bienes raíz que a menudo tenían naturaleza especulativa.

El Gobierno, absolutamente descapitalizado por una política social expansiva y poco ligada a nuestra realidad económica, ha decidido, de forma increíble, subir los impuestos que gravan el consumo (el IVA) y el ahorro. El efecto combinado, pero, de las dos medidas, que son de sentido contrario, tiene como resultado inmediato reducir el consumo, no de los bienes raíz de base especulativa (ya se han ocupado los bancos con el recorte de los préstamos, de frenarlo), sino de la compra cotidiana. Resultado de todo ello: más dinero guardado en el banco (eso sí, penalizado) y menos dinero en las tiendas.

Para acabarlo de adobar, se bajan los impuestos a las empresas, las que tienen beneficios. ¡¡¡Las que tienen pérdidas salen perjudicadas!!! ¿Por qué? Pues muy fácil: porque el crédito fiscal que podían acumular (que es el mal menor cuando tienes pérdidas) bajará un 25%.

En resumen, una auténtica tontería.

La paradoja del caso es que esto se hace mientras asume la Secretaría de Estado de Economía el Sr. Campa, insigne economista vinculado al IESE que, como bien saben, es el organismo de formación de directivos del Opus Dei.

Me parece del todo incomprensible que alguien pueda dictar leyes tan salvajes en contra de la población “normal”, la que no es patrón de ninguna insigne institución, la que no tiene sociedades patrimoniales que viven de renta, la que trabaja cada día para malvivir con sueldos erosionados por un Estado voraz (¿Saben los mileuristas que pagan más de 380 euros al mes en concepto de Seguridad Social para acceder a una sanidad donde siempre hay los mismos o para pagar una enseñanza pública que espanta?).

¿Y estos son de izquierdas? Noooo. ¡¡¡Campa da fe!!! Y es que todo el mundo es de izquierdas hasta que tiene poder o dinero.

¿Alguien puede traducir este artículo a un lenguaje entendedor y explicárselo a la gente que ha tenido la suerte de no saber de economía?

La banca está, en estos momentos, en el ojo del huracán. Le llueven críticas por todos lados. Dicen que no abre el grifo del crédito, que está ahogando a las empresas, que los directores de oficina son simples administrativos que ya no deciden...

La banca se defiende diciendo que les ha subido la morosidad, que los proyectos buenos sí que reciben dinero, pero que para refinanciaciones de circulante, nada de nada. ¿Quién tiene razón? ¿Quién es el malo de la película? Seguramente los dos la tienen y los dos son los malos.

Los últimos diez años han sido extraordinarios. España se ha situado como la 8ª potencia económica mundial. Hemos avanzado ya a Canadá y, si no llega a ser por la crisis, avanzamos a Francia. ¡No es un mal sprint saliendo de las cavernas en las que el franquismo nos había enterrado!

Durante estos años, hasta nos hemos hecho amigos de los proveedores y de los clientes. Nosotros, las pymes, explicábamos nuestros proyectos al banco y éste nos dejaba dinero para hacerlos. Cada vez arriesgábamos menos de nuestro patrimonio y usábamos más capital ajeno. Y especulábamos con el dinero de los demás (sobretodo en el tema inmobiliario). Y los empresarios y algunos directivos se compraron coches y casas, apartamentos en la Cerdaña y incluso algún barco que amarraban en Palamós o en Platja d’Aro. Y los banqueros abrían oficinas y se repartían primas escalofriantes que habían conseguido casi sin hacer nada. Y se idolatró a los Pacos Poceros y otras ignorantes alimañas. Y se hicieron obras faraónicas en el Valle Oscuro y en Oropesa. Y el Gobierno ganaba elecciones prometiendo dádivas a todo el mundo. ¡Qué felices que fuimos!

Pero la niebla nubló el cielo y descargó una tormenta extraordinaria y todos corrieron hacia casa, a refugiarse. Pero hete aquí que no había techo para todos y el de la barca (que aún la debía), el que había dado la paga y señal al Valle Oscuro y el paleta espabilado que había permutado un casal por el 40% de la obra resultante, quedaron calados hasta las orejas. Y empezaron a pensar que la culpa era del proveedor de dinero que ya no se lo daba, no corrió a rectificar el expolio que habían hecho ellos mismos en sus propias empresas, no. Levantó el dedo acusador y lo dirigió contra los poderosos bancos que, a su vez, tenían custodia del dinero de aquellos que sí habían ahorrado. Y, claro, el banco le dijo: “¡Haberlo pensado antes!”.

¿Qué se ha hecho de todas aquellas ganancias de diez años espléndidos? ¿Dónde están los ahorros que tanto preconizaban los abuelos? Pero también nos podemos preguntar: ¿Dónde está el buen sentido de la banca? ¿De qué les sirven tantos departamentos de estudios económicos que no han previsto el cataclismo? Quizás tendremos que volver a los orígenes: empresarios a producir y vender, bancos a la austeridad y la medida. ¿Y los especuladores? No sufráis por ellos, los profesionales hace tiempo que previeron la crisis y tienen el dinero a cubierto. Como siempre, se han hundido aquellos que creían tener un equipo en primera división y tenían jugadores de tercera.

(O que tienen que ver los maestros y los brokers.)

El número de opositores a plazas públicas está aumentando de una forma considerable. Son miles los que están encerrados en su casa estudiando páginas y páginas de historia, de pedagogía, de matemáticas... para presentarse a los exámenes para ser profesor en la escuela pública (o para ser ‘mosso d’esquadra’, para el caso es lo mismo).

Serán horas de estudio, de sacrificio, de café y de sueño. Serán horas en las que la familia no existirá, serán días de cenar un bocadillo en casa, semanas sin cine y meses sin clase en la academia.

Pero habrá un día, un día glorioso, en el que el opositor conocerá la nota de su examen. Habrá un día en el que podrá leer su nombre en medio de la enorme lista de dignísimos funcionarios públicos. Y ya está... ya se puede relajar. Ya puede pedir una hipoteca, comprometerse para las vacaciones, quemar los libros en la hoguera de San Juan.

Aquí tiene el premio a meses de esfuerzo: el trabajo de por vida y el sueldo asegurado. Es la encarnación del “pelotazo”. Esprint corto, habilidad en el último tramo de carrera y... a disfrutar y a vivir de rentas. Es como el especulador de bolsa, con la diferencia de que éste hace diversas operaciones “pelotazo” en su vida y el opositor sólo hace una.

El concepto es el mismo: un buen esfuerzo, un golpe de cintura y... los dados están tirados. Como mínimo, el especulador juega más partidas y arriesga más (claro que también ganará o perderá más dinero).

Hete aquí que ni de izquierdas ni de derechas, ni funcionarios ni especuladores, todos con la misma pasta pero con diferente corte...

75 mails recibidos en un día, 15 SMS, 10 llamadas recibidas y 15 emitidas, 2 reuniones de corta duración, 2 cafés (uno por la mañana y otro por la tarde), 1 reunión fuera del despacho... Esto podría ser una jornada laboral normal de un directivo medio. Más de diez horas de dedicación al tedioso trabajo, a lo que habría que sumar los viajes de aquellos que no paran quietos y que han convertido el aeropuerto en su casa.

De todo este tiempo, el que dedicamos a pensar y a reflexionar sobre la propia organización del trabajo se lleva menos de un 5%.

Ahora nos llenamos la boca con el concepto de incrementar la productividad. Resulta que lo que hacemos consume demasiados recursos del output general, y la reacción de muchos delante de la crisis ha sido, sencillamente, trabajar más horas: aumentar a 80 el número de mails recibidos, a 40 las llamadas...

Y la productividad sigue bajando...

¿Y qué nos pensábamos, que sin variar el sistema de trabajo variaríamos los resultados? Es necesario que nos pongamos en serio con eso de mirar de aumentar la productividad, porque si no nos convertiremos en los esclavos del s. XXI.

Las preguntas son: ¿Hace falta hacer esta tarea? Si es que sí, la segunda pregunta es: ¿La puede hacer otro? La pregunta siguiente: ¿Se puede hacer más rápido o con menos recursos? Y la última: ¿Después de hacer todo esto, hemos sido más productivos?

Ahora me gustaría ir más allá... Esto que he expuesto es demasiado evidente. Entonces, ¿por qué no se hace? ¿Por qué la gente sigue entrampada en el día a día?

Tres posibles líneas de explicación:

  • a. Por rutina. Siempre lo has hecho así, y los de tu alrededor también lo han hecho igual.
  • b. Porque la jornada no es flexible, y los días en que estás o te sientes resolutivo trabajas las mismas horas que los días en que estás en la luna de Valencia.
  • c. Por el chiste... ¿Chiste? ¿Qué chiste? Resulta que se ve un dibujo con dos personas en una oficina, reclinadas en cómodos sofás “de alta dirección”. Por la ventana se ve la luna y el reloj marca las 9 de la noche. Uno le dice al otro: “Son las 9, me voy a casa, que los niños ya estarán cenados y bañados.”. El otro le contesta: “Me esperaré hasta las nueve y media, que así el perro también estará paseado.”.
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