La gestión del tiempo en directivos
75 mails recibidos en un día, 15 SMS, 10 llamadas recibidas y 15 emitidas, 2 reuniones de corta duración, 2 cafés (uno por la mañana y otro por la tarde), 1 reunión fuera del despacho... Esto podría ser una jornada laboral normal de un directivo medio. Más de diez horas de dedicación al tedioso trabajo, a lo que habría que sumar los viajes de aquellos que no paran quietos y que han convertido el aeropuerto en su casa.
De todo este tiempo, el que dedicamos a pensar y a reflexionar sobre la propia organización del trabajo se lleva menos de un 5%.
Ahora nos llenamos la boca con el concepto de incrementar la productividad. Resulta que lo que hacemos consume demasiados recursos del output general, y la reacción de muchos delante de la crisis ha sido, sencillamente, trabajar más horas: aumentar a 80 el número de mails recibidos, a 40 las llamadas...
Y la productividad sigue bajando...
¿Y qué nos pensábamos, que sin variar el sistema de trabajo variaríamos los resultados? Es necesario que nos pongamos en serio con eso de mirar de aumentar la productividad, porque si no nos convertiremos en los esclavos del s. XXI.
Las preguntas son: ¿Hace falta hacer esta tarea? Si es que sí, la segunda pregunta es: ¿La puede hacer otro? La pregunta siguiente: ¿Se puede hacer más rápido o con menos recursos? Y la última: ¿Después de hacer todo esto, hemos sido más productivos?
Ahora me gustaría ir más allá... Esto que he expuesto es demasiado evidente. Entonces, ¿por qué no se hace? ¿Por qué la gente sigue entrampada en el día a día?
Tres posibles líneas de explicación:
- a. Por rutina. Siempre lo has hecho así, y los de tu alrededor también lo han hecho igual.
- b. Porque la jornada no es flexible, y los días en que estás o te sientes resolutivo trabajas las mismas horas que los días en que estás en la luna de Valencia.
- c. Por el chiste... ¿Chiste? ¿Qué chiste? Resulta que se ve un dibujo con dos personas en una oficina, reclinadas en cómodos sofás “de alta dirección”. Por la ventana se ve la luna y el reloj marca las 9 de la noche. Uno le dice al otro: “Son las 9, me voy a casa, que los niños ya estarán cenados y bañados.”. El otro le contesta: “Me esperaré hasta las nueve y media, que así el perro también estará paseado.”.
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