Sobre la administración de las cajas, o la diferencia entre propietario y directivo

La situación que están viviendo las cajas del país es lamentable. Aquellas sólidas entidades con más de cien años de historia se deshacen en las manos de sus actuales gestores, sin que nadie parezca capaz de corregir su rumbo hacia el abismo. Unas se fusionan, otras son absorbidas sin misericordia por sus eternas rivales, otras buscan pareja desesperadamente con unas exigencias propias de otros tiempos.

¿Por qué la situación ha llegado hasta aquí? ¿Había algún signo que nos pudiese advertir de que esto pasaría? ¿Ha sido el famoso estallido de la burbuja inmobiliaria el detonante o la causa raíz?

Para intentar responder a estas preguntas, quizás sería bueno ir a la naturaleza del problema, que, bajo mi punto de vista, no es otra que los gestores de las entidades.

En una entidad societaria “normal” (un banco, por ejemplo), los directivos están sometidos al control del consejo de administración, y éste está integrado básicamente por los principales accionistas de la empresa. Así, como los miembros del consejo de administración han puesto dinero de su bolsillo en la empresa, las decisiones que toman (y las que transmiten a sus directivos) están marcadas por dos condiciones básicas: La primera, intentar no hacer tonterías que les pudiesen hacer perder la inversión; y la segunda, intentar sacar el máximo provecho de esta inversión. Pero la primera manda más que la segunda. De aquí que, históricamente, a los banqueros se los tildaba de sensatos y prudentes (y alguno también los etiquetaba como miedosos).

Las cajas no funcionan así. Los directivos van mucho “por libre”. Sí que tienen un órgano superior que los controla (muy politizado, por otra parte), pero, si pierden dinero, a parte de saberles muy mal, no tiene ningún efecto para su bolsillo. Y está claro que no es lo mismo decir que te sabe mal, que perder el dinero de toda una vida de esfuerzo, ¿no?

Otro elemento que juega en contra del modelo de las cajas es la inevitable vanidad humana. Muchos de estos directivos o gestores que han llevado a la ruina a sus entidades se sentían satisfechos teniendo mucha gente a su cargo y abriendo oficinas en plazas difíciles sólo por el hecho de decir que “se expansionaban”. Los invitaban a dar charlas, y se presentaban como los grandes estrategas y empresarios. Y sus súbditos los aclamaban (a lo mejor así los ascendían), y la gente que los rodeaba les hacía “la rosca” para ver si también podían obtener crédito para financiar unas nuevas pirámides en Egipto, en medio del desierto.

Ahora todo son lágrimas. Nuestras entidades centenarias se tienen que unir con las eternas rivales, que están igual que ellas. Y lo hacen apelando a las “economías de escala” o la reducción de costes por tamaño. Y se vuelven a equivocar. De nuevo ha ganado la vanidad humana, y las cúpulas de las cajas fusionadas se han repartido los cargos (o los han creado nuevos, para caber todos), y la reducción de costes pretendida la quieren conseguir con pequeñas naderías, como cerrar alguna oficina que otra (que no se hubiese debido abrir nunca, porque tampoco era rentable).

Y lo más curioso del caso es que nada ha cambiado. Los que tenían que controlar el crecimiento alocado (que se ha demostrado que no lo hacían demasiado bien) continúan, y los directivos, los de arriba de todo, siguen mandando o se van con los bolsillos bien llenos. Pero, claro, ¿quién les dice que dimitan y pidan perdón por ser tan vanidosos?

Pondremos un símil futbolístico, que parece que es de lo que todos entienden: Un equipo centenario ficha grandes jugadores y pone a los delanteros en la portería, a los porteros en el medio campo y a los centrocampistas a hacer puntas al cojín. Estas decisiones llevan al equipo de primera a tercera regional. La afición no entiende nada, pero sigue yendo al campo, la junta directiva está muy atareada en comidas con los directivos de los otros equipos y el entrenador continúa en su puesto. La decisión más sensata es despedir al encargado de utillaje del club. Sin duda, el auténtico culpable de la situación.

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